En 2022, un ajuste inevitable

El escenario económico se ha transformado, crecientemente, en una fuente de preocupación transversal. Las discusiones macro dejaron de estar circunscritas a analistas y académicos, y vemos cómo este tema está acaparando cada vez más espacios en discusiones políticas y medios de comunicación. Es realmente muy llamativo cómo pasamos, en solo algunos meses, desde la euforia del consumo al sufrimiento que genera el actual cuadro inflacionario, especialmente en los sectores más vulnerables.

Más allá de los matices que puedan existir al respecto, las razones para plantear preocupaciones son abundantes. Entre otras, que el mes pasado la inflación superó el 10%, alcanzando el mayor registro desde 1994, sin que existan señales claras de un punto de inflexión. Ello, en un escenario donde la Tasa de Política Monetaria (TPM) se ubica en un nivel muy contractivo, con una altísima probabilidad que siga subiendo y se empine al mayor valor en décadas. Pero el problema no solo es inflacionario, ya que las señales de desaceleración son suficientes como para anticipar una recesión el segundo semestre del año, que probablemente se extendería hacia comienzos de 2023. Es más, no podemos incluso descartar que el próximo año la economía no crezca. Así, la lista es larga.

En este contexto, vale la pena plantear algunas preguntas. ¿Qué pasó en nuestro país?, ¿Cómo es posible un cambio tan abrupto en tan poco tiempo? ¿Y qué responsabilidades existen?

Para partir, resulta innegable el efecto del alza en la inflación global, que ha alcanzado los mayores registros en décadas y ha llevado a los bancos centrales a subir tasas en prácticamente todo el mundo. Hasta ahí, la tentación sería grande para ser autocomplacientes, atribuir nuestra realidad a factores externos y argumentar que no tenemos nada que hacer. Pero sería un error.

Hay una serie de elementos que muestran, inequívocamente, el mayor peso que han tenido los factores locales. Junto a la evaluación presentada por el Banco Central en el último IPoM (donde señaló que alrededor de dos tercios del cambio en inflación eran atribuibles a factores locales), hay hechos concretos que muestran un mayor deterioro relativo de la economía chilena. No deja de llamar la atención, por ejemplo, que en los últimos 12 meses el peso chileno haya sido la moneda más depreciada de la región (solo superada por el peso argentino), que la inflación chilena sea la más elevada entre países comparables (ligeramente por debajo de Brasil), y que el Banco Central haya sido de los más activos en subir la TPM. O bien que, de acuerdo al consenso de mercado (como el elaborado por Bloomberg), Chile sea el país que menos crecería en la región en 2023.

Lo anterior no puede sino ser atribuido al rol de las políticas locales, principalmente los retiros de los fondos de pensiones y el exceso de gasto no focalizado, que, tal como fue anticipado transversalmente por los técnicos, terminaron exacerbando alzas de tasas y precios. De esta manera, hoy enfrentamos un proceso de ajuste de los desequilibrios macro, que a estas alturas lamentablemente es inevitable y solo puede ser corregido con un sacrificio de gasto interno.

Esta situación debe reforzar la conciencia que, para bien y para mal, los efectos de las políticas económicas no son inocuos y, por el contrario, tienen impactos directos en el bienestar. Ello es especialmente relevante en la actualidad, donde estamos discutiendo una serie de reformas y modificaciones, que, de no mediar un buen juicio, foco de largo plazo y criterios técnicos, terminarán por transformar un proceso de ajuste como el actual en un deterioro estructural de largo plazo.

 

Rodrigo Aravena González

Economista Jefe

Banco de Chile

Artículos anteriores

  • Ad portas de un duro 2023
  • Reconocidos como el Mejor Banco en Chile
  • Tasas de interés: más allá del alza de 50 puntos
  • Una situación insostenible