Inflación: una preocupación que trasciende el corto plazo

Hay factores que sugieren un riesgo no despreciable de que la inflación no solo sea un problema de este año.

El foco del debate local sigue radicado en la inflación. Más allá de lo reiterativo que hemos sido sobre este tema, ya por varios trimestres, las razones para preocuparnos por las alzas de precios van en aumento. Es más, incluso hay factores que sugieren un riesgo no despreciable de que la inflación no solo sea un problema de este año, sino que también, de no revertirse ciertas tendencias macro y políticas, se pueda transformar en un problema endémico de largo plazo.

El alza que ha presentado la inflación local, con permanentes sorpresas alcistas y sin señales de cambios de tendencia, en sí justifica una preocupación mayor a la que teníamos un par de meses atrás. Existe una altísima probabilidad que en mayo el IPC anual se empine sobre el 10%, lo que además de constituir el mayor registro al menos en 30 años, inducirá más efectos de segunda vuelta. Asimismo, es preocupante la propagación inflacionaria, la cual ha llevado a que una proporción récord de artículos haya exhibido alzas de precios (70% en marzo), en un contexto donde todas las medidas subyacentes y las expectativas de mediano plazo continúan alejándose de la meta ancla del Banco Central de 3%.

Además, las presiones externas se han exacerbado. En este contexto, destaca el aumento de la inflación anual en Estados Unidos a un inédito 8,5%, la mayor desde los años ‘80 y muy por sobre el objetivo de 2,0% de la Reserva Federal. Una situación similar ha sido observada en otras latitudes, como la zona Euro y Reino Unido, con cifras sobre 7% y también batiendo récords en décadas. Dado que el fenómeno es multifactorial, con presiones de demanda (como los estímulos fiscales y alta liquidez) y muchos de oferta (efectos de la invasión a Ucrania, estrechez en los mercados laborales y restricciones en las cadenas de suministro, entre otros), no resulta obvio que ello vaya a revertirse en el corto plazo. La historia nos ha dado lecciones de cómo una inflación persistente requiere más esfuerzos y costos de ajuste en el futuro (basta recordar EE.UU. a comienzos de los años ‘80).

Adicionalmente, debemos enfatizar en el rol que podrían tener las discusiones y medidas de políticas que se discuten hoy en nuestro país. En particular, el reciente debate sobre nuevos estímulos fiscales y retiros adicionales de fondos de pensiones, ameritan una especial atención. Más allá de las razones políticas que puedan generar esta discusión, es válido recordar que la economía acumula un crecimiento promedio de 8,2% en los dos primeros meses del año, mientras que el desempleo está levemente por sobre el 7%, en línea con la desocupación exhibida antes de la pandemia. Estas cifras muestran que, claramente, la economía chilena hoy no está en recesión. Por ende, es válido preguntarse, ¿cómo será la política fiscal los próximos trimestres, una vez que la economía sí presente un mayor debilitamiento? ¿Cómo se podrá plantear una consolidación fiscal de mediano plazo? Lo anterior, sin considerar las presiones de gastos que no resultan del todo descartables bajo la actual discusión constitucional.

Todos estos factores justifican estar más alertas sobre la evolución inflacionaria. Ello requiere ser más realistas que nunca, y reconocer que la discusión puede ser más estructural y trascender el ciclo económico y la política monetaria tradicional. Bien sabemos que un ancla fiscal es una condición fundamental para tener un control adecuado de la inflación, y que, sin ella, los cambios de la Tasa de Política Monetaria (TPM) pierden efectividad. Estos temas deben estar presentes en la agenda nacional, porque si de algo estamos (o debiésemos estar) de acuerdo, es lo dañino que resulta la inflación en el largo plazo.

 Rodrigo Aravena González

Economista Jefe

Banco de Chile

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