Recesión

Si aún existían cuestionamientos sobre el deterioro que ha experimentado la economía global, diversos acontecimientos ocurridos la semana pasada terminaron por confirmar que los riesgos recesivos son reales y se deben tomar muy en serio. Entre ellos, el desplome de los mercados accionarios (como el S&P 500, que ha caído cerca de 25% en el año), o bien el retroceso generalizado en diversos precios de commodities y monedas de países emergentes. En este contexto, el alza de 75 puntos en la Tasa de Fondos Federales (la mayor en casi 30 años), es solo un indicio de la velocidad a la cual podrían seguir subiendo las tasas no solo en EE.UU., sino que también en todo el mundo desarrollado, añadiendo más factores contractivos al bienio. Si bien las recesiones (caídas transitorias en los niveles de producción) ocurren con cierta frecuencia, hay algunas particularidades en el cuadro actual que justifican un mayor grado de cautela. Entre ellas, quisiera destacar las siguientes.

Para partir, enfrentamos riesgos de menor actividad, pero con mayor inflación. Esta situación dista mucho de recesiones recientes (como la crisis financiera de 2008), donde el menor crecimiento impulsaba a menores niveles de inflación y, con ello, a menores tasas de interés. En esta ocasión, en cambio, enfrentamos un shock principalmente de oferta, donde la caída en el crecimiento obedece a peores condiciones y dificultades de producción, como los problemas asociados a la cadena de suministro global y los efectos de la invasión rusa a Ucrania. Dado el impacto negativo de estos (y otros) factores, cae la producción, con ello se eleva la escasez y por ende los precios de los bienes, deteriorando además el poder adquisitivo de las personas. Una recesión con estas características configura un cuadro no visto desde los años 80.

También se debe resaltar la ausencia de un rol contracíclico de las políticas fiscales y monetarias en la actualidad. Es útil recordar que estas fueron determinantes para reducir la severidad y duración de las recesiones, por ejemplo en 2008 y en la pandemia. En esta ocasión, la situación es exactamente la opuesta: por un lado, la mayor inflación ha llevado a que diversos bancos centrales suban sus tasas de política monetaria, contribuyendo a un enfriamiento adicional en el gasto privado. Adicionalmente, el aumento de los déficit fiscales generó la necesidad de reducir gastos y transferencias implementados durante la pandemia. Así, la política fiscal, al igual que la monetaria, pasaron a ser contractivas en 2022, exacerbando el ajuste en la actividad.

No puedo terminar esta columna sin mencionar que el deterioro global añade aún más riesgos a la economía chilena. Eso sí, debemos considerarlo solo como un factor adicional en nuestro deterioro, ya que las fuentes locales han sido mucho más determinantes que las externas. De no ser así, sería difícil entender que las proyecciones de PIB local hayan caído el doble que las globales, o bien que se espere una caída en el producto chileno para 2023 (tal como reveló el último IPoM del Banco Central), pese a que el mundo crecería cerca de 3,6%. Este cuadro nos obliga a ser más realistas y reconocer que factores como la incertidumbre político-institucional del país, la inadecuada calidad en los diagnósticos y discusiones en la agenda de reformas, como así también la falta de criterios técnicos y de largo plazo en la discusión, solo profundizan el deterioro en Chile. Hoy es tiempo de promover el realismo sobre el duro escenario que enfrentaremos, más que posturas voluntaristas (e ideológicas) que anticipan un alza material en el crecimiento de Chile en un par de años más, incluso a 4% como se ha señalado recientemente. Bien sabemos que solo un buen diagnóstico, realista y técnico, permite construir agendas sostenibles que promuevan el bienestar del país.

Rodrigo Aravena González

Economista Jefe

Banco de Chile

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